Ana Karenina
Ana Karenina –Ha hecho usted muy bien en venir. Precisamente querÃa mandarle una carta… ¿Cómo está Kitty? Siéntese aquÃ, por favor. (Lvov se levantó y acercó a Levin una mecedora.) ¿Ha leÃdo usted la última circular en el Journal de Saint-Petersburg? La encuentro muy bien –comentó con acento ligeramente afrancesado.
Levin refirió a su cuñado lo que habÃa dicho a Katavasov sobre los rumores que circulaban en San Petersburgo y, después de haber charlado de otras cuestiones polÃticas, le contó su encuentro con Metrov y su impresión de la conferencia, cosa que despertó en el otro un extraordinario interés.
–Le envidio que pueda frecuentar ese mundo tan interesante de la ciencia –dijo, y animándose, continuó, en francés ahora, porque en este idioma se explicaba con más comodidad–. A decir verdad, tampoco tendrÃa tiempo; mi trabajo y mis ocupaciones con los niños no me lo permitirÃan y, además (lo confieso sinceramente) no tengo la suficiente preparación.
–No lo pienso asà –dijo Levin con una sonrisa y conmovido como siempre ante las palabras de su cuñado, por saber que respondÃan, no a un deseo de aparentar modestia, sino a un sentimiento profundo y sincero.