Ana Karenina
Ana Karenina
–¿Acaso no reciben hoy? –preguntó Levin a la entrada de la casa de la condesa de Bohl.
SÃ, reciben. Haga el favor de pasar –dijo el portero quitando el abrigo a Levin.
«Que lástima», pensó suspirando Levin. Se quitó un guante y, arreglándose el sombrero, se dirigió al primer salón. «¡Para qué habré venido!», iba diciéndose para sÃ. «¿Y qué les diré?»
Pasado el primer salón, Levin encontró, a la puerta del siguiente, a la condesa de Bohl, que con el rostro grave y severo daba órdenes a su criado.
Al ver a Levin, la Condesa sonrió y le rogó que pasara al saloncito contiguo, del cual salÃan rumores de conversación.
En él estaban sentados, en sendas butacas, los dos hijos de la Condesa y un coronel moscovita que ya conocÃa Levin. Este se acercó a ellos, saludó y se sentó con su sombrero sobre las rodillas.
–¿Cómo está su esposa? ¿Estuvo usted en el concierto? Nosotros no hemos podido ir. Mamá tuvo que asistir a un funeral.
–SÃ, lo he oÃdo decir. ¡Qué muerte tan inesperada! –dijo con indiferencia Levin.
Vino la Condesa, se sentó en un diván y le preguntó también por su mujer y por el concierto.