Ana Karenina
Ana Karenina –De parte de Pedro Illich Vinovsky, quien les ruega que acepten –le interrumpió un criado viejecito, ofreciéndole dos finas copas llenas de burbujeante champaña.
Esteban Arkadievich tomó una de las copas y, mirando por encima de la mesa, cambió una mirada con un hombre calvo, de bigotes rubios, que estaba sentado unas mesas más alla, y le hizo, con la cabeza, una señal de agradecimiento y saludo.
–¿Quién es? –preguntó Levin.
–Le encontraste un día en mi casa… ¿No recuerdas? Es un buen mozo.
Levin repitió el gesto de su cuñado y tomó la copa que le ofrecían.
La anécdota de Esteban Arkadievich era también divertida. Levin contó otra que agradó igualmente. Luego hablaron de caballos, de las carreras que se habían celebrado aquel día y de la brillante victoria obtenida por el «Atlasny » de Vronsky, que había ganado el premio. La comida transcurrió con todo ello tan agradablemente para Levin que apenas se dio cuenta de nada.
–¡Ah! ¡Aquí están! –dijo Esteban Arkadievich, ya al final de la comida, alargando su mano, por encima de la silla, a Vronsky y a un alto coronel de la Guardia Imperial que se dirigían hacia ellos.