Ana Karenina

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La alegría que reinaba en el Círculo se reflejaba también en el rostro de Vronsky, el cual, muy animado, se apoyó en el hombro de Esteban Arkadievich y le dijo algo al oído. Y con la misma sonrisa alegre adelantó la mano a Levin, que se la estrechó efusivamente.

–Estoy muy contento de encontrarle de nuevo –dijo Vronsky–. Aquel día, el de las elecciones, estuve buscándole, pero me dijeron que ya se había marchado usted.

–Sí, me marché aquel mismo día –contestó Levin–. Ahora mismo hablábamos de su caballo –siguió–. Le felicito.

–Usted también tiene caballos, ¿no?

–No. Mi padre sí tenía, yo no. Pero me acuerdo y entiendo de ellos.

–¿Dónde has comido? –preguntó Esteban Arkadievich a Vronsky.

–Estamos en la segunda mesa. Detrás de las columnas.

–Le han festejado –dijo el coronel–. Ganó el segundo premio del Emperador. Si tuviese yo tanta suerte con las cartas como él con los caballos… Pero, estoy perdiendo un tiempo precioso. Voy a la «sala infernal» –añadió. Y se alejó de la mesa.


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