Ana Karenina
Ana Karenina Y se sonrojó al decirlo, porque aquella mañana, precisamente, había hecho una visita a aquel hebreo y la tal visita le había dejado un recuerdo bastante desagradable. Esteban Arkadievich estaba plenamente convencido de que la causa a la que quería dedicarse era nueva, útil y honrada. Pero aquella mañana, cuando Bolgarinov, de manera evidentemente deliberada, le había hecho esperar dos horas en la antesala de su despacho junto con otros visitantes, Oblonsky se sintió desconcertado y molesto, tanto por el hecho de que a él, al príncipe Oblonsky, descendiente de Riurick, le hubiese tocado esperar dos horas en la antesala de un judío, como por no haber seguido por primera vez en su vida el ejemplo de sus antepasados de servir al Gobierno, entrando en una nueva esfera de actividad. No obstante, durante aquellas dos horas de espera, paseando animado por la sala o atusándose las patillas, o entablando conversación con otros solicitantes, Esteban Arkadievich había imaginado un ingenioso calembour a propósito de aquella espera en la casa de un judío. Esteban Arkadievich ocultaba a los demás a incluso a sí mismo el sentimiento que experimentaba. No obstante, no sabía bien si su malestar procedía del temor de que no le resultase bien el calembour o de alguna otra causa. Cuando, por fin, Bolgarinov le recibió, lo hizo con extrema amabilidad, visiblemente satisfecho de poder humillarle y no dejándole ninguna esperanza sobre el éxito de su gestión.