Ana Karenina
Ana Karenina –Ella lo confÃa todo a tu magnanimidad –insistió Esteban Arkadievich–. Sólo pide, ruega, suplica, una cosa: que la saquen de la situación insoportable en que se encuentra. Ahora ya no pide que le devuelvas su hijo. Alexey Alejandrovich, tú eres un hombre bueno. Ponte por un momento en su lugar. El divorcio es para ella cuestión de vida o muerte. Si no lo hubieras prometido antes, ella se habrÃa conformado con la situación en que está y habrÃa ajustado a ella su vida, viviendo en el campo. Pero tú lo prometiste, ella lo ha escrito y se ha trasladado a Moscú, donde cada encuentro con un antiguo amigo o conocido es para ella como un puñal en el pecho. Y lleva seis meses asÃ, esperando cada dÃa tu decisión, como un condenado a muerte que tuviera durante meses y meses la cuerda arrollada al cuello, prometiéndole ya la muerte, ya el indulto. Ten compasión de ella y yo me encargo de arreglarlo todo de modo que no tengas perjuicios, ni sufrimientos, ni molestias. Vos scrupules …
–No hables de esto, no hables de esto –le interrumpió con gesto de asco Alexey Alejandrcvich–. Lo que ocurre es que acaso prometà lo que no podÃa prometer.
–¿Asà lo niegas, pues, a cumplirlo?