Ana Karenina
Ana Karenina Al salir del gabinete, Esteban Arkadievich encontró a Sergio en la escalera y le llamó, y le preguntó, mostrándole gran interés y afecto, cómo pasaba el tiempo en la escuela y en las clases, qué hacía luego y otros detalles de su vida.
Sergio, ausente su padre, contestó muy comunicativo, más hablador.
–Ahora jugamos al ferrocarril –explicó–. Vea usted, es así: dos chicos se sientan en un banco figurando ser viajeros; otro, se coloca de pie delante del banco, de espaldas a éste; los tres se enlazan con las manos y los cinturones (todo esto estápermitido) y, abiertas antes las puertas, corren por todas las salas. ¡Es muy difícil ser el conductor!
–¿El conductor es el que está de pie, delante del banco?
–Sí. Y hay que ser muy atrevido y listo. Es muy difícil. Sobre todo cuando el tren se para de golpe, o cae alguno…
–Sí, eso no será tan fácil ––comentó Esteban Arkadievich, mirando con tristeza aquellos ojos animados que tanto se parecían a los de la madre; ojos que ya no eran infantiles, que no reflejaban ya completamente inocencia.
Y aunque Oblonsky había prometido a Karenin no hablar a Sergio de su madre, no pudo contenerse y súbitamente le preguntó: