Ana Karenina
Ana Karenina –Cálmate, Dolly. Recuerdo cuando Stiva estaba enamorado de ti, cómo lloraba recordándote, cómo hablaba de ti continuamente, cuánta poesÃa ponÃa en tu amor. Y sé que, a medida que pasa el tiempo, sentÃa por ti mayor respeto. Siempre nos reÃamos cuando decÃa a cada momento: «Dolly es una mujer extraordinaria» . Tú eras para él una divinidad y sigues siéndolo. Esta pasión de ahora no ha afectado el fondo de su alma.
–¿Y si se repitiera?
–No lo creo posible.
–¿Le habrÃas perdonado tú?
–No sé, no puedo juzgar…
Ana reflexionó un momento y añadió:
–SÃ, sà puedo, sà puedo. ¡Le habrÃa perdonado! Cierto que yo me habrÃa transformado en otra mujer, sÃ; pero le perdonarÃa, como si no hubiese pasado nada, absolutamente nada…
–SÃ, asà habrÃa de ser –interrumpió Dolly, como si ya hubiera pensado en ello antes–; de otro modo, no fuera perdón. Si se perdona, ha de ser por completo… En fin, voy a acompañarte a tu cuarto –añadió, levantándose y abrazando a Ana–. ¡Cuánto me alegro de que hayas venido, querida! Siento el alma mucho más aliviada, mucho más aliviada.