Ana Karenina

Ana Karenina

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–Ya, ya me hago cargo –interrumpió Dolly–. Pero ¿y yo? ¿Te olvidas de mí? ¿Acaso sufro menos que él?

–Espera. Confieso, Dolly, que cuando él me explicó las cosas no comprendí aún del todo, el horror de tu situación. Le vi sólo a él, comprendí que la familia estaba deshecha y le compadecí. Pero después de hablar contigo, yo, como mujer, veo lo demás, siento tus sufrimientos y no podría expresarte la piedad que me inspiras. Pero, querida Dolly, por mucho que comprenda tus sufrimientos, ignoro, en cambio, el amor que puedas albergar por él en el fondo de tu alma. Si le amas lo bastante para perdonarle, perdónale.

–¡No… ! –exclamó Dolly. Pero Ana la interrumpió cogiéndole la mano y volviendo a besársela.

–Conozco el mundo más que tú –dijo– y sé cómo ven estas cosas las gentes como Esteban. Tú crees que ellos hablarían de ti. Nada de eso. Los hombres así pecan contra su fidelidad, pero su mujer y su hogar son sagrados para ellos. Mujeres como esa institutriz son a sus ojos una cosa distinta, compatible con el amor a la familia. Ponen entre ellas y el hogar una línea de separación que nunca se pasa. No comprendo bien cómo puede ser eso, pero es así.

–Sí, sí, pero él la besaría y…


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