Ana Karenina
Ana Karenina –Después de eso, ¿qué puede decirme? Jamás le creeré. Todo ha concluido, todo lo que me servÃa de recompensa de mi trabajo, de mis sufrimientos… ¿Creerás que dar la lección a Gricha, que antes era un placer para mÃ, es ahora una tortura? ¿Para qué esforzarme, para qué trabajar? ¡Qué lástima que tengamos hijos! Es horrible, pero te aseguro que ahora, en vez de ternura y de amor, sólo siento hacia él aversión, sÃ, aversión, y hasta, de poder, te aseguro que llegarÃa a matarle.
–Todo lo comprendo, querida Dolly. Pero no te pongas asÃ. Te encuentras tan ofendida, tan excitada, que no ves las cosas con claridad.
Dolly se calmó. Las dos permanecieron en silencio unos instantes.
–¿Qué haré, Ana? Ayúdame a resolverlo. Yo he pensado en todo y no veo solución.
Ana no podÃa encontrarla tampoco, pero su corazón respondÃa francamente a cada palabra, a cada expresión del rostro de su cuñada.
–Soy su hermana –empezó– y conozco bien su carácter: la facilidad con que lo olvida todo –e hizo un ademán señalando la frente–, la facilidad con que se entrega y con que luego se arrepiente. Ahora no imagina, no acierta a comprender cómo pudo hacer lo que hizo.