Ana Karenina
Ana Karenina De repente, recordó aquello que la habÃa exasperado más en la disputa –el decirle que fingÃa, que lo que hacÃa carecÃa de naturalidad–, y comprendió que se lo habÃa dicho sólo para herirla.
«Yo sé lo que él quiso decirme: que no es natural que, no queriendo a mi propia hija, quiera a una niña ajena. ¿Qué sabe él del amor a los hijos? ¿Qué sabe él de mi amor a Sergio, al que he sacrificado por él? Pero este deseo suyo de mortificarme, de hacerme mal… No; él ama a otra mujer, no cabe duda, no puede ser de otro modo.»
Y al advertir que, a pesar de sus deseos de calmarse y restablecer sus relaciones con Vronsky, volvÃa a sus celos y su irritación, Ana se horrorizó de sà misma.
«¿Acaso será imposible? ¿No podré con la idea de reconocerme culpable a mà misma? El es justo y honrado y me ama», reflexionaba luego, « y yo le amo también. En estos dÃas obtendré el divorcio y se normalizará nuestra situación, ¿qué más quiero? Debo estar tranquila, confiada. Echaré la culpa de esta discordia sobre mÃ. SÃ, ahora, cuando venga, le diré que estuve injusta, aunque realmente no lo estuve; y haremos las paces y nos marcharemos de aquû.