Ana Karenina
Ana Karenina La crueldad con que Vronsky atacaba aquel pequeño mundo que ella se habÃa constituido para mejor soportar su aislamiento del otro, de la sociedad, la injusticia con que la inculpaba de falta de naturalidad en lo que hacÃa, la hicieron estallar.
–Es en verdad una pena que sólo los sentimientos groseros y materiales sean comprensibles para usted y sólo éstos sean naturales. –Y salió airadamente de la habitación.
Cuando el dÃa anterior por la noche Vronsky fue a verla, ninguno de los dos hizo alusión a la disputa que habÃan tenido, pero ambos sentÃan aún en sus espÃritus un fuerte resquemor.
Hoy Vronsky habÃa estado fuera de casa todo el dÃa, y a Ana, en su soledad, le pesaba tanto el haber discutido con él que deseaba olvidarlo todo, perdonarlo, reconciliarse con su amado justificándole y hacerse ella responsable de todo.
«Sólo yo tengo la culpa de todo», se decÃa. «Estoy irascible, tontamente celosa. SÃ, se lo diré asÃ, y haremos las paces, olvidaremos todas nuestras disputas, nuestros recelos, y marcharemos al campo, y allà estaré más tranquila y más acompañada. Hasta puede que él me quiera más y yo recobre la felicidad.»