Ana Karenina
Ana Karenina –No, querida. Para mà ya no hay bailes donde uno esté siempre alegre –dijo Ana, y Kitty observó en los ojos de la Karenina un relámpago de aquel mundo particular que le habÃa sido revelado–. Para mà sólo hay bailes en los que me siento menos aburrida que en otros.
–¿Es posible que usted se aburra en un baile?
–¿Por qué no habÃa yo de aburrirme en un baile?
Kitty comprendió que Ana adivinaba la respuesta.
–Porque será usted siempre la más admirada de todas.
Ana, que tenÃa la virtud de ruborizarse, se ruborizó y dijo:
–En primer lugar, no es asÃ, y aunque lo fuera, ¿de qué habrÃa de servirme?
–¿Irá usted a este baile que le digo?
–Pienso que no podré dejar de asistir. Tómalo –dijo Ana, entregando a Tania el anillo que ésta procuraba sacar de su dedo blanco y afilado, en el que se movÃa fácilmente.
–Me gustarÃa mucho verla allÃ.