Ana Karenina
Ana Karenina –Entonces, si no tengo más remedio que ir, me consolaré pensando que eso la satisface. Gricha, no me tires del pelo: ya estoy bastante despeinada –dijo, arreglándose el mechón de cabellos con el que Gricha jugaba.
–Me la figuro en el baile con un vestido lila…
–¿Y por qué precisamente lila? –preguntó Ana sonriendo–. Ea, niños: a tomar el té. ¿No oÃs que os llama miss Hull? –dijo, apartándolos y dirigiéndolos al comedor–. Ya se por qué le gustarÃa verme en el baile: usted espera mucho de esa noche y quisiera que todos participaran de su felicidad –concluyó Ana, dirigiéndose a Kitty.
–Es cierto. ¿Cómo lo sabe?
–¡Qué dichoso es uno a la edad de usted! –continuó Ana–. Recuerdo y conozco esa bruma azul como la de las montañas suizas, esa bruma que lo rodea todo en la época feliz en que se termina la infancia. Desde ese enorme cÃrculo feliz y alegre parte un camino que va haciéndose estrecho, cada vez más estrecho.
¡Cómo palpita el corazón cuando se inicia esa senda que al principio parece tan clara y hermosa! ¿Quién no ha pasado por ello?