Ana Karenina

Ana Karenina

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Kitty sonreía sin decir nada. «¿Cómo habría pasado ella por todo aquello? ¡Cómo me gustaría conocer la novela de su vida!», pensaba al evocar la presencia poco romántica de Alexis Alejandrovich, el marido de Ana.

–Sé algo de sus cosas –siguió la Karenina–. Stiva me lo dijo. La felicito. «Él» me gusta mucho. ¿No sabe usted que Vronsky estaba en la estación?

–¿Estaba allí? –dijo Kitty, ruborizándose–. ¿Y qué le dijo Stiva?

–Me lo dijo todo… Y yo me alegré mucho. Realicé el viaje en compañía de la madre de Vronsky. No hizo más que hablarme de él: es su favorito. Ya sé que las madres son apasionadas, pero…

–¿Qué le contó?

–Muchas cosas. Y desde luego, aparte de la predilección que tiene por él su madre, se ve que es un caballero. Por ejemplo, parece que quiso ceder todos sus bienes a su hermano. Siendo niño, salvó a una mujer que se ahogaba… En fin, es un héroe –terminó Ana, sonriendo y recordando los doscientos rublos que Vronsky entregara en la estación.

Pero Ana no aludió a aquel rasgo, pues su recuerdo le producía un cierto malestar; adivinaba en él una intención que la tocaba muy de cerca.


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