Ana Karenina

Ana Karenina

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–Jachvin quería venir hoy por la mañana –dijo Vronsky–. Parece ser que ganó a Peszov todo lo que éste tenía y hasta más de lo que puede pagar. Cerca de sesenta mil rublos.

–¡No es eso! –interrumpió ella, irritada porque Vronsky cambiara de conversación. «¿Era que pensaba que la disgustaba no obtener el divorcio, no poder retenerle casándose con él», pensó–. ¿Por qué has creído –le dijo, con irritaciónque esa noticia me iba a doler hasta el punto de que era conveniente ocultármela? Te he dicho que no quiero ni pensar en el divorcio y me gustaría que tú te interesaras en esa cuestión tan poco como yo…

–Me intereso porque me gusta la claridad –contestó Vronsky.

–La claridad en nuestra unión no consiste en la forma externa, sino en el amor ––dijo Ana aún más irritada, no por las palabras de Vronsky, sino por la fría tranquilidad con que hablaba él–. ¿Por qué deseas mi divorcio? –insistió.

«¡Dios mío! Otra vez el amor», pensó Vronsky frunciendo el ceño.

–Ya lo sabes… Por ti y por los niños –contestó.

–No tendremos más niños.

–Pues lo siento mucho.


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