Ana Karenina
Ana Karenina Luego pensó: «¿Y no fue ayer mismo cuando me juró amor como un hombre honrado y sincero? ¿No me dijo varias veces que estaba desesperada sin motivo?».
Todo aquel día, excepto las horas que invirtió en ir al establecimiento de Wilson, lo pasó Ana atormentada por la duda de si todo habría terminado, o si quedarían aún esperanzas de reconciliación; de si se marcharía en seguida o iría a verle.
Estuvo esperándole todo el día, y por la noche, cuando al retirarse a su habitación había dado orden de que le dijeran que tenía una fuerte jaqueca, pensaba:
«Si a pesar de todo entra a verme es que me ama; si hace lo contrario, y respeta o finge acatar mi indicación, es que no siente el menor interés por mí, que ni siquiera le importa que esté yo enferma, es decir, que todo ha terminado entre nosotros. Y en este caso», siguió pensando, «decidiré lo que debo hacer».
Al sentir la llegada de Vronsky, puso toda su atención en lo que él hacía. Oyó la llegada del coche, la llamada a la puerta de la calle, sus pasos, su conversación con la camarera y cómo se retiraba a sus habitaciones. Entonces pensó:
«Se ha conformado con lo que le han dicho; no ha querido averiguar más, no ha querido ni siquiera verme. Esto significa que todo ha terminado.»