Ana Karenina
Ana Karenina Y cómo único recurso para resucitar el cariño en su corazón y castigarle con el remordimiento, para vencer, en suma, en aquella lucha, se le presentó de nuevo, clara y obsesionante, la idea de la muerte.
Ahora le daba ya todo igual: no le importaba ir o no a Vosdvijenskoe; ni conseguir o no el divorcio. Nada necesitaba. Sólo quería una cosa: castigarle.
Cuando preparó su habitual dosis de opio y pensó que podía morir con sólo beberse todo el frasco, le pareció tan fácil y sencillo que volvió a pensar, con gran complacencia, en cómo sufriría, se arrepentiría y, aunque ya tarde, amaría su recuerdo.
Se metió en la cama, apagó todas las luces, excepto una, cuya llama se estaba extinguiendo ya, y quedó inmóvil, estirada, con los ojos abiertos, mirando hacia el techo esculpido en el cual la sombra de la pantalla había fijado extrañas figuras. Su pensamiento representaba entonces a Vronsky ante su cuerpo inerte, cuando ella hubiese desaparecido ya completamente, cuando no quedase más que su recuerdo. «¿Cómo pude», se diría él, «decirle palabras tan crueles como las que le dije? ¿Cómo pude salir de la habitación sin dirigirle una palabra, viéndola tan afligida? Pero ahora ya no está aquí», dirá, «ahora se ha ido para siempre … ».