Ana Karenina
Ana Karenina De repente, la sombra que hacía la pantalla se movió, se extendió a todo el techo; nuevas sombras brotaron de otros puntos de la habitación al encuentro de aquélla. Pero por un momento se desvanecieron, se juntaron de nuevo con gran rapidez, se movieron tumultuosamente, se entremezclaron hasta fundirse. Y todo se sumió en la oscuridad.
«Es la muerte», pensó Ana.
Y se sintió sobrecogida por un horror tal que, con los ojos espantados, muy abiertos, y su cuerpo en fuerte tensión nerviosa, estuvo mucho tiempo sin poderse mover. Al fin, con gran esfuerzo, su mano temblorosa pudo coger las cerillas que tenía encima de la mesilla y encender otra luz que reemplazara a la que se había consumido produciendo aquellas sombras y figuras extrañas que tanto terror habían infundido en su espíritu.
Y ensanchando su pecho suspiró hondamente como si se librara de un gran peso; se sintió libre de la horrible visión que oprimía su pecho y murmuró:
«No, no… Vivir… ¡Quiero vivir! Le amo y él también me ama. Hemos discutido, pero esto pasará».