Ana Karenina

Ana Karenina

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–Era la Sorokina, con su hija, que me han traído dinero y los documentos de mamá. Ayer no pude recibirles. ¿Y tu jaqueca? ¿Estás mejor? –le dijo él sin querer advertir la expresión sombría y trágica de su rostro.

Ana le miraba fijamente, de pie en medio de la habitación. Él la miró a su vez, frunciendo el ceño un momento, y continuó leyendo la carta que acababa de recibir. Ella dio media vuelta y, lentamente, se dirigió a la salida de la habitación. Vronsky pensó un momento en llamarla y hacerla volver, pero la dejó llegar hasta la puerta sin decirle nada, sin que se oyera en la habitación más que el ruido de los pasos de Ana y el de las hojas de la carta, que él iba volviendo.

–¡Ah! A propósito ––dijo Vronsky cuando ella llegaba ya a la puerta–. Decididamente nos vamos mañana, ¿no?

–Se irá usted, yo no –contestó Ana, volviéndose ligeramente.

–Ana, así es imposible vivir –exclamó Vronsky.

–Se irá usted, yo no –repitió.

–¡Esto está haciéndose de nuevo insoportable!

–Usted se arrepentirá de esto –añadió ella y salió.


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