Ana Karenina
Ana Karenina Asustado por el tono de desesperación con que había pronunciado estas palabras, Vronsky se levantó de un salto y corrió tras ella, pero a los pocos pasos, pensándolo mejor, se detuvo, reflexionó unos momentos, y volvió a la silla que ocupaba, se sentó y con los dientes apretados y la vista fija en el suelo quedó sumido en hondas reflexiones.
«Lo he probado todo», se dijo; «no me queda sino un recurso: dejarla hacer». Y se preparó para ir a la ciudad y a la casa veraniega de su madre, de quien le era preciso obtener la firma de unos documentos referentes a su herencia.