Ana Karenina
Ana Karenina –¡No compliques las cosas sin necesidad, Dolly! –repuso su marido–. Si quieres, lo haré yo mismo.
« SÃ, se han reconciliado» , pensó Ana.
–SÃ: ya sé cómo –respondió Dolly–. Ordenarás a Mateo que lo arregle, te marcharás y él lo hará todo al revés.
Y una sonrisa irónica plegó, como de costumbre, las comisuras de sus labios.
«La reconciliación es completa» , pensó ahora Ana. «¡Loado sea Dios!»
Y, feliz por haber promovido la paz conyugal, se acercó a Dolly y la besó.
–¡Nada de eso! ¡No sé por qué nos desprecias tanto a Mateo y a mÃ! –dijo Esteban Arkadievich a su mujer, sonriendo casi imperceptiblemente.
Durante toda la tarde, Dolly trató a su marido con cierta leve ironÃa. Esteban Arkadievich se hallaba contento y alegre, pero sin exceso, y pareciendo querer indicar que, aunque perdonado, sentÃa el peso de su culpa.