Ana Karenina
Ana Karenina Cuando llegó a la estación de destino, Ana bajó del vagón entre un grupo de viajeros y, apartándose de ellos como de leprosos, se puso a recapacitar sobre el motivo que la había llevado allí y lo que se proponía hacer.
Entre la gente que la rodeaba, de mal aspecto, ruidosa, y que no la dejaban tranquila un momento, le era difícil coordinar sus ideas. Los mozos de equipajes la asediaban ofreciéndole sus servicios; pasaban ante ella hombres jóvenes o viejos y algunos se detenían a mirarla con insolencia, le guiñaban el ojo o le dirigían frases groseras. Había otros que paseaban taconeando ruidosamente sobre las tablas del andén; otros hablaban en voz alta o gritaban; mientras algunos, caminando con torpeza, tropezaban con ella y obstaculizaban su camino.
Recordó que, si no había allí contestación a su carta, debía proseguir su viaje, y entonces paró a un mozo y le preguntó si estaba por allí el cochero del conde Vronsky.
–¿El conde Vronsky? Ha estado aquí. Ha venido a recibir a la princesa Sorokina, que llegó con su hija. Y ese cochero, ¿qué aspecto tiene?