Ana Karenina
Ana Karenina Mientras Ana estaba hablando con el mozo, se le acercó Mijailo, colorado, elegante con su poddevka azul y luciendo una cadena, el cual, visiblemente satisfecho por haber cumplido tan bien el encargo, le entregó una carta.
Ana la abrió y leyó, con gran ansiedad, palpitándole aún con más fuerza el corazón.
«Siento mucho que la carta no haya llegado a tiempo. Iré a las diez», había escrito Vronsky con letra descuidada.
–Esto es… Tal como lo esperaba… –dijo Ana con sonrisa sarcástica.
–Bien. Vuélvete a casa –ordenó al cochero.
Pronunció estas palabras con voz débil, muy tenue, porque el rápido latir de su corazón le impedía casi hablar.
«No… no permitiré que me atormentes de este modo», pensó después. Y esta amenaza no iba dirigida a Vronsky, concretamente; tampoco se refería con ella a un propósito sobre sí misma, sino a la causa misma de sus torturas.
Se dirigió al otro extremo del andén.