Ana Karenina
Ana Karenina Dos doncellas que estaban paseando volvieron la cabeza para mirarla a hicieron un comentario en voz alta sobre su vestido. «Son verdaderas», dijeron de las puntillas que llevaba. Los jóvenes no la dejaban tranquila. La miraban al rostro con insolencia, pasaban y repasaban por su lado y le decÃan palabras que no llegaba a entender o no querÃa. El jefe de la estación le preguntó si tomaba aquel tren. El chico que vendÃa kwass no apartaba sus ojos de ella.
«Dios mÃo, ¿adónde iré?», pensó Ana.
Al final del andén se paró.
Una señora y unos niños que habÃan ido a recibir a un señor con lentes y que reÃan y hablaban con voces muy animadas, callaron al verla y, después de haber pasado ella, se volvieron para mirarla. Ana apresuró el paso y llegó hasta el lÃmite del andén.
Se acercaba un tren de mercancÃas.
Las maderas del andén trepidaron bajo sus pies, se movieron, dándole la sensación de que se encontraba otra vez de viaje.
De repente, se acordó del hombre que habÃa muerto aplastado el dÃa de su primer encuentro con Vronsky y comprendió lo que tenÃa que hacer. Con paso rápido, ligero, bajó las escaleras que iban del depósito de agua a la vÃa y se detuvo al lado mismo del tren que pasaba.