Ana Karenina

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Y Vronsky hizo con la mandíbula un movimiento de impaciencia provocado por un dolor de muelas que le atormentaba sin cesar, impidiéndole incluso hablar como quería.

–Renacerá usted a una vida nueva, se lo vaticino –dijo Kosnichev, conmovido–. Librar de la esclavitud a nuestros hermanos es una causa digna de dedicarle la vida y la muerte. ¡Que Dios le conceda un pleno éxito en esta empresa y que devuelva a su alma la paz que tanto necesita! –añadió.

Y le tendió la mano.

Vronsky la estrechó con fuerza.

–Como instrumento, puedo servir de algo. Pero como hombre soy una ruina –contestó recalcando las palabras.

El tremendo dolor de una muela le llenaba la boca de saliva y le impedía hablar. Calló y examinó las ruedas del ténder, que se acercaba lentamente deslizándose por los railes.

Y de improviso, un malestar interno, más vivo aún que su dolor, le hizo olvidarse de sus sufrimientos físicos.

Mirando el ténder y la vía, bajo el influjo de la conversación con aquel conocido a quien no hallara desde su desgracia, Vronsky de repente la recordó a «ella» , es decir, lo que quedaba de ella cuando él, corriendo como un loco, había penetrado en la estación.


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