Ana Karenina
Ana Karenina –Lo comprendo y por eso querÃa ofrecerle mi ayuda ––dijo Sergio Ivanovich, escudriñando el rostro, visiblemente dolorido, de su interlocutor–. ¿No necesita usted alguna carta de recomendación para Risich o Milán?
Vronsky pareció comprender con dificultad lo que le decÃa. Al fin contestó:
–¡Oh, no! Si no le importa, demos un paseo. En los coches el aire está muy cargado. ¿Una carta? No; gracias. Para morir no hacen falta recomendaciones. ¿Acaso me sirven para los turcos? –dijo, sonriendo sólo con los labios mientras sus ojos conservaban una expresión grave y dolorida.
–Quizá le facilitará las cosas al entrar en relaciones, necesarias en todo caso, con alguien ya preparado. En fin, como guste… Celebré saber su decisión. Se critica tanto a los voluntarios, que la resolución de un hombre como usted influirá mucho en la opinión pública.
–Como hombre, sirvo, porque mi vida a mis ojos no vale nada –dijo Vronsky–. Y tengo bastante energÃa fÃsica para penetrar en las filas enemigas y matar o morir. Ya lo sé. Me alegra que exista algo a lo que poder ofrendar mi vida, esta vida que no deseo, que me pesa… AsÃ, al menos, servirá para algo.