Ana Karenina

Ana Karenina

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»Antes yo decía que mi cuerpo, como el cuerpo de esta planta y de ese insecto –a la sazón el insecto, sin querer escalar la hierba, había abierto las alas y volaba a otro lugar seguía las transformaciones de la materia según las leyes físicas, químicas y fisiológicas. Y que en todos nosotros, como en los álamos, las nubes y las nebulosas se produce una evolución. ¿Evolución de qué? ¿En qué? Una evolución infinita, una lucha… ¿Cómo es posible una dirección y una lucha en el infinito? Y yo me extrañaba de que, a pesar de mi constante tensión mental en tal dirección, no se me aclaraba el sentido de la vida, el sentido de mis deseos, de mis aspiraciones… Pero ahora declaro que conozco el sentido de mi vida; vivir para Dios, para el alma… Y este sentido, a pesar de su claridad, es misterioso y milagroso. Éste es también el sentido de cuanto existe. Y el orgullo… –se tendió de bruces y comenzó a atar entre sí los tallos de hierba procurando no romperlos–. No sólo existe el orgullo de la inteligencia, sino la estupidez de la inteligencia. Pero lo peor es la malicia… eso, la malicia del espíritu, la truhanería del espíritu», se repitió.

Y en seguida recorrió todo el camino de sus ideas durante aquellos dos años, cuyo principio fue un pensamiento claro y evidente sobre la muerte al ver a su hermano querido enfermo sin esperanzas de curación.


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