Ana Karenina
Ana Karenina –Celebro mucho que haya llegado usted pronto –dijo él, ciñéndole la cintura–. No comprendo cómo se puede llegar tarde.
Kitty apoyó la mano izquierda en el hombro de Korsunsky y sus piececitos calzados de rosa se deslizaron ligeros por el encerado pavimento al ritmo de la música.
–Bailar con usted es un descanso. ¡Qué admirable precisión y qué ligereza! –dijo Korsunsky, mientras giraban a compás del vals.
Eran, con poca diferencia, las palabras que dirigÃa a todas las conocidas que apreciaba.
Ella sonrió y, por encima del hombro de su pareja, miró la sala. Kitty no era una de esas novicias a quienes la emoción del primer baile les hace confundir todos los rostros que las rodean, ni una de esas muchachas que, a fuerza de frecuentar las salas de danza, acaban conociendo a todos los concurrentes de tal modo que hasta les aburre ya mirarlos. Kitty estaba en el término medio. AsÃ, pues, pudo contemplar toda la sala con reprimida emoción.