Ana Karenina
Ana Karenina Miró primero a la izquierda, donde se agrupaba la flor de la buena sociedad. Estaba allà la mujer de Korsunsky, la bella Lidy, con un vestido excesivamente descotado; Krivin, con su calva brillante, presente, como siempre, donde se reunÃa la buena sociedad; más allá, en un grupo que los jóvenes contemplaban sin osar acercarse, Kitty distinguió a Esteban Arkadievich y la arrogante figura y la cabeza de Ana, vestida de terciopelo negro.
También «él» estaba allÃ. La muchacha no le habÃa vuelto a ver desde la noche en que rechazara a Levin.
Kitty le descubrió desde lejos y hasta observó que él también la miraba.
–¿Una vueltecita más si no está cansada? –preguntó Korsunsky, un tanto sofocado.
–No; gracias.
–¿Adónde la acompaño?
–Me parece que veo a Ana Karenina. Lléveme allÃ.
–Como guste.
Korsunsky, sin dejar de bailar, pero a paso cada vez más lento, se dirigió hacia el ángulo izquierdo del salón, murmurando constantemente:
–Pardon, mesdames, pardon, mesdames…