Ana Karenina
Ana Karenina -Pero no matarÃa al otro -atajó Levin.
-SÃ le matarÃas.
-No lo sé. De ver un caso asÃ, me entregarÃa al sentimiento del momento. No puedo decirlo de antemano.
Pero semejante sentimiento no existe ni puede existir respecto a la opresión de los eslavos.
-Quizá no exista para ti, pero existe para los demás -contestó, frunciendo el entrecejo involuntariamente, Segio Ivanovich-. Aún viven en el pueblo las leyendas de los buenos cristianos que gimen bajo el yugo del «infiel agareno». El pueblo ha oÃdo hablar de los sufrimientos de sus hermanos y ha levantado la voz.
-Puede ser -dijo Levin evasivamente-. Pero no lo veo. Yo pertenezco al pueblo y no siento eso.
-Tampoco yo -añadió el PrÃncipe-. He vivido en el extranjero, he leÃdo la prensa y confieso que ni siquiera antes, cuando los horrores búlgaros, entendà la causa de que los rusos, de repente, comenzaran a amar a sus hermanos eslavos mientras yo no sentÃa por ellos amor alguno. Me entristecà mucho, pensando ser un monstruo o atribuyéndolo a la influencia de Carlsbad… Pero al llegar aquà me tranquilicé viendo que hay mucha gente que sólo se preocupa de Rusia y no de sus hermanos eslavos. También Constantino Dmitrievich piensa asà ––dijo señalándole.