Ana Karenina
Ana Karenina –No veo que sea una broma… –empezó Levin. Pero Sergio Ivanovich le interrumpió:
–Cada miembro de la sociedad está llamado a cumplir la obra que le corresponde y los intelectuales cumplen la suya orientando a la opinión pública, y la unánime y completa expresión de la opinión pública es lo que honra a la prensa y al mismo tiempo es un hecho que ha de llenamos de alegrÃa. Hace veinte años habrÃamos callado; pero ahora se oye la voz del pueblo ruso, que está pronto a levantarse como un hombre y a sacrificarse por sus hermanos oprimidos. Es un gran paso y una patente demostración de la fuerza de…
–Pero es que no se trata de sacrificarse, sino también de matar turcos –insinuó tÃmidamente Levin–. El pueblo está presto a sacrificarse por su alma, pero no a matar –añadió con firmeza, relacionando esta conversación con los pensamientos que le preocupaban.
–¿Cómo por su alma? ExplÃqueme esto. Comprenda que para un especialista en ciencias naturales esta expresión ofrece algunas dificultades ––dijo Katavasov con sonrisa irónica.
–Ya sabe usted muy bien lo que quiero decir.
–Pues le juro que no tengo ni la más mÃnima idea –contestó con risa sonora Katavasov.