Ana Karenina

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–¿Por qué? Ahora lo verás –exclamó Nicolás al oír el nombre de su hermano–. Pero ¿para qué perder tiempo? Dime: ¿a qué has venido? Tú desprecias todo esto. Pues bien: ¡vete con Dios! ¡Vete, vete! –gritó, levantándose de la silla.

–No lo desprecio en lo más mínimo ––dijo Constantino tímidamente–. Preferiría no tratar de esas cosas.

María Nicolaevna entró en aquel momento. Nicolás la miró con irritación. Ella se le acercó y le dijo unas palabras.

–Me encuentro mal y me he vuelto muy excitable –pronunció Nicolás, calmándose y respirando con dificultad–. ¡Y vienes hablándome de Sergio y de sus artículos! Todo en ellos son falsedades, deseos de engañarse a sí mismo. ¿Qué puede decir de la justicia un hombre que no la conoce? ¿Ha leído usted su último artículo? –preguntó a Krizky, sentándose otra vez a la mesa y separando los cigarrillos esparcidos sobre ella para dejar un espacio libre.

–No lo he leído –repuso sombríamente Krizky, que, al parecer, no deseaba intervenir en la conversación.

–¿Por qué? –preguntó Nicolás, irritado ahora contra Krizky.

–Porque me parece perder el tiempo.


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