Ana Karenina

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Aquella timidez conmovió a Constantino.

–Si quieres que te sea franco, no deseo intervenir en vuestra querella. Tú tienes la culpa en la forma y él la tiene en el fondo.

–¡Has comprendido! –exclamó jovialmente Nicolás.

–Yo, personalmente, aprecio más tu amistad, porque…

–¿Por qué?

Constantino no osó decirle que era porque le veía desgraciado y necesitaba más su amistad que Sergio.

Pero Nicolás comprendió y cogió en silencio la botella de vodka.

–Basta ya, Nicolás Dmitrievich –dijo María Nicolaevna, alargando su redondo brazo desnudo hacia la botella.

–¡Déjame o te pego! –gritó Nicolás.

María Nicolaevna sonrió bondadosamente, de un modo suave, que se contagió a Nicolás, y cogió la botella.

–¿Te figuras que Macha no es inteligente? –dijo Nicolás–. Lo comprende todo mejor que nosotros. ¿Verdad que parece buena y simpática?

–¿Nunca había estado usted antes en Moscú? –le preguntó Constantino, por decir algo.


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