Ana Karenina
Ana Karenina –Vivo solo en el pueblo, como antes, y me ocupo de las tierras –repuso Constantino, mirando disimuladamente, con horror, la avidez con que comÃa y bebÃa su hermano.
–¿Por qué no te casas?
–No se ha presentado aún la ocasión –respondió Constantino poniéndose rojo.
–¿Por qué no? Tú no eres como yo, que estoy acabado y con la vida perdida. He dicho y diré siempre que si se me hubiese dado mi parte de la herencia cuando la necesitaba, mi existencia habrÃa sido diferente.
Constantino se apresuró a cambiar de tema.
–¿Sabes que a tu Vaniuchka lo tengo en Pokrovskoe de tenedor de libros?
Nicolás movió el cuello y quedó pensativo.
–¿SÃ? Y dime: ¿qué hay de nuevo en Pokrovskoe? ¿Y la casa? ¿Sigue como antes? ¿Y los abedules, y el cuarto donde estudiábamos? ¿Es posible que viva aún Felipe, el jardinero? ¡Cómo me acuerdo del pabellón y el diván! Mira: no cambies nada en la casa, cásate y déjalo todo como estaba. Y si tu mujer es buena, iré a verte… Ya habrÃa ido, pero me contuvo siempre el temor de encontrarme con Sergio.
–No le encontrarÃas. Vivo independiente de él.
–Bien: sea como sea has de escoger entre Sergio y yo –murmuró Nicolás, mirándole tÃmidamente.