Ana Karenina
Ana Karenina –¿De qué hablabais? –preguntó éste con severidad y pasando su mirada asustada de uno a otro, DecÃdmelo.
–De nada –repuso turbado Constantino.
–Si no lo queréis decir, no lo digáis. Pero no tienes por qué hablar con ella de nada. Es una ramera, y tú un señor –exclamó haciendo un movimiento convulsivo con el cuello–. Ya veo que te haces cargo de mi situación y comprendes mis extravÃos y me los perdonas. Te lo agradezco –añadió levantando la voz.
–¡Nicolás Dmitrievich, Nicolás Dmitrievich! –murmuró MarÃa Nicolaevna, acercándose a él.
–¡Está bien, está bien!… ¿Y la cena? ¡Ah, ahà viene! –exclamó, viendo subir al camarero con la bandeja, ¡Póngala aquÃ! –añadió con irritación. Y llenándose un vaso de vodka, lo vació de un trago.
–¿Quieres beber? –preguntó a su hermano, animándose al punto–. Bueno, dejémosle correr a Sergio Ivanovich; sea como sea, estoy contento de verte. Quieras o no, somos de la misma sangre –prosiguió, mascando con avidez una corteza de pan y bebiendo otra copa–. ¿Qué es de tu vida? Vamos, bebe. Y dime lo que haces.