Ana Karenina
Ana Karenina «No te alejarás de nosotros, seguirás siendo lo que eres, con tus dudas, con tu eterno descontento de ti mismo, con tus inútiles intentos de modificarte y tus caídas, con tu constante deseo de una imposible felicidad … » .
Pero, si así le hablaban aquellos objetos, en su alma otra voz le decía que no hay por qué encadenarse al pasado y que le era imposible cambiar. Obedeciendo a esta voz Levin se acercó a un rincón donde tenía dos pesas de un pud cada una y comenzó a levantarlas, tratando de animarse con aquel ejercicio gimnástico.
Tras la puerta sonaron pasos y Levin dejó las pesas en el suelo precipitadamente.
Entró el encargado y le dijo que, gracias a Dios, todo marchaba bien; pero que el alforfón se había quemado algo en la secadora nueva. La noticia le llenó de enojo. La nueva secadora había sido construida por él mismo. El encargado era enemigo de aquella innovación y ahora anunciaba con cierto aire de triunfo que el alforfón se había quemado. Mas Levin estaba seguro de que el quemarse se debía a no haber tomado las precauciones que cien veces recomendara. Molesto, pues, reprendió con severidad al encargado.
En cambio, había una buena noticia: la de la cría de la «Pava», la magnífica vaca comprada en la feria.