Ana Karenina
Ana Karenina –Dame el tulup, Kusmá –pidió Levin y dijo al encargado–: traiga una linterna; quiero ver la crÃa.
El establo de las vacas de selección estaba detrás de la casa. Levin se dirigió a través del patio por delante de un montón de nieve que se levantaba junto a unas lilas. Al abrir la puerta se sintió el caliente vaho del estiércol, y las vacas, sorprendidas por la luz de la linterna, se agitaron sobre la paja fresca. Destacó en seguida el lomo liso y ancho, negro con manchas blancas, de la vaca holandesa. «Berkut» , el semental, con el anillo en el belfo, estaba tumbado y pareció ir a incorporarse, pero cambió de opinión y se limitó a mugir profundamente dos veces cuando pasaron junto a él. La magnÃfica «Pava», grande como un hipopótamo, estaba vuelta de ancas, impidiendo ver la becerra, a la que olfateaba.
Levin examinó a la «Pava» y enderezó a la ternera que tenÃa la piel con manchas blancas, sobre sus débiles patas. La vaca, inquieta, mugió, pero, calmándose cuando Levin le acercó la crÃa, comenzó a lamerla con su áspera lengua. La becerra metÃa la cabeza bajo las ingles de la vaca, agitando la minúscula cola.