Ana Karenina

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–Alumbra, Fedor, acerca la linterna –decía Levin contemplando a la ternera–. Es parecida a su madre, aunque con los colores del padre. ¡Es hermosa! Es grande y ancha de ancas. ¿Verdad que es muy hermosa, Basilio Fedorich? –dijo Levin al encargado, olvidándose, con la alegría que le causaba el buen aspecto de la ternera, del asunto del alforfón.

–¿Cómo podía ser de otro modo? –repuso el hombre–. ¡Oh!, he de decirle también que Semen, el mercader, vino al día siguiente de marchar usted. Tendré que discutir mucho con él, Constantino Dmitrievich. Le decía el otro día, a propósito de la máquina…

Aquella alusión introdujo a Levin en los pormenores de su economía, que era vasta y complicada. Pasó con el encargado al despacho y, tras discutir con él y con Semen, se fue al salón.

 





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