Ana Karenina
Ana Karenina ReconocÃa que querÃa menos a su hijo y procuraba disimularlo y mostrarse igualmente amable con los dos, pero el pequeño se daba cuenta y no correspondió con ninguna sonrisa a la sonrisa frÃa de su padre.
–Mamá ya está levantada –contestó la niña.
Esteban Arkadievich suspiró.
«Eso quiere decir que ha pasado la noche en vela», pensó.
–¿Y está contenta?
La pequeña sabÃa que entre sus padres habÃa sucedido algo, que mamá no estaba contenta y que a papá debÃa constarle y no habÃa de fingir ignorarlo preguntando con aquel tono indiferente. Se ruborizó, pues, por la mentira de su padre. Él, a su vez, adivinó los sentimientos de Tania y se sonrojó también.
–No sé –repuso la pequeña–: mamá nos dijo que no estudiásemos hoy, que fuésemos con miss Hull a ver a la abuelita.
–Muy bien. Ve, pues, donde te ha dicho la mamá, Tania. Pero no; espera un momento –dijo, reteniéndola y acariciando la manita suave y delicada de su hija.
Tomó de la chimenea una caja de bombones que dejara allà el dÃa antes y ofreció dos a Tania, eligiendo uno de chocolate y otro de azúcar, que sabÃa que eran los que más le gustaban.