Ana Karenina

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Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles, en las que reconoció las de Gricha, su hijo menor, y la de Tania, su hija de más edad. Los niños acababan de dejar caer alguna cosa.

–¡Ya te dije que los pasajeros no pueden ir en el techo! –gritaba la niña en inglés–. ¿Ves? Ahora tienes que levantarlos.

«Todo anda revuelto –pensó Esteban Arkadievich–. Los niños juegan donde quieren, sin que nadie cuide de ellos.»

Se acercó a la puerta y les llamó. Los chiquillos, dejando una caja con la que representaban un tren, entraron en el comedor.

Tania, la predilecta del Príncipe, corrió atrevidamente hacia él y se colgó a su cuello, feliz de poder respirar el característico perfume de sus patillas. Después de haber besado el rostro de su padre, que la ternura y la posición inclinada en que estaba habían enrojecido, Tania se disponía a salir. Pero él la retuvo.

–¿Qué hace mamá? –preguntó, acariciando el terso y suave cuello de su hija–. ¡Hola! –añadió, sonriendo, dirigiéndose al niño, que le había saludado.


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