Ana Karenina
Ana Karenina Luego repasó otro artículo, éste sobre finanzas, en el que se citaba a Bentham y a Mill, y se atacaba de una manera velada al Ministerio. Gracias a la claridad de su juicio comprendía en seguida todas las alusiones, de dónde partían y contra quién iban dirigidas, y el comprobarlo le producía cierta satisfacción.
Pero hoy estas satisfacciones estaban acibaradas por el recuerdo de los consejos de Matrecha Filimonovna y por la idea del desorden que reinaba en su casa.
Leyó después que, según se decía, el conde Beist había partido para Wiesbaden, que no habría ya nunca más canas, que se vendía un cochecillo ligero y que una joven ofrecía sus servicios.
Pero semejantes noticias no le causaban hoy la satisfacción tranquila y ligeramente irónica de otras veces.
Terminado el periódico, la segunda taza de café y el kalach con mantequilla, Esteban Arkadievich se levantó, se limpió las migas que le cayeran en el chaleco y, sacando mucho el pecho, sonrió jovialmente, no como reflejo de su estado de espíritu, sino con el optimismo de una buena digestión.
Pero aquella sonrisa alegre le recordó de pronto su situación, y se puso serio y reflexionó.