Ana Karenina
Ana Karenina Finalmente, el partido liberal sostenÃa o daba a entender que la religión no es más que un freno para la parte inculta de la población, y Esteban Arkadievich estaba de acuerdo, ya que no podÃa asistir al más breve oficio religioso sin que le dolieran las piernas . Tampoco comprendÃa por qué se inquietaba a los fieles con tantas palabras terribles y solemnes relativas al otro mundo cuando en éste se podÃa vivir tan bien y tan a gusto. Añádase a esto que Esteban Arkadievich no desaprovechaba nunca la ocasión de una buena broma y se divertÃa con gusto escandalizando a las gentes tranquilas, sosteniendo que ya que querÃan envanecerse de su origen, era preciso no detenerse en Rurik y renegar del mono, que era el antepasado más antiguo.
De este modo, el liberalismo se convirtió para Esteban Arkadievich en una costumbre; y le gustaba el periódico, como el cigarro después de las comidas, por la ligera bruma con que envolvÃa su cerebro.
Leyó el artÃculo de fondo, que afirmaba que es absurdo que en nuestros tiempos se levante el grito aseverando que el radicalismo amenaza con devorar todo lo tradicional y que urge adoptar medidas para aplastar la hidra revolucionaria, ya que, «muy al contrario, nuestra opinión es que el mal no está en esta supuesta hidra revolucionaria, sino en el terco tradicionalismo que retarda el progreso… » .