Ana Karenina
Ana Karenina
El dÃa siguiente del baile, por la mañana, Ana Karenina envió un telegrama a su marido anunciándole su salida de Moscú para aquel mismo dÃa.
He de irme, he de irme –decÃa explicando su repentina decisión a su cuñada en un tono en el cual parecÃa dar a entender que tenÃa tantos asuntos que le esperaban que no podÃa enumerarlos–. SÃ, es preciso que me vaya hoy mismo.
Esteban Arkadievich no comió en casa, pero prometió ir a las siete para acompañar a su hermana a la estación.
Kitty no fue; envió un billete excusándose con el pretexto de una fuerte jaqueca. Dolly y Ana comieron solas con la inglesa y los niños.
Éstos, fuese que no tuvieran el carácter constante, fuese que apreciaran en su tÃa Ana un cambio con respecto a ellos, dejaron de repente de jugar con ella y se desinteresaron en absoluto de su partida.
Ana pasó la mañana ocupada en los preparativos del viaje. EscribÃa notas a sus amigos de Moscú, anotaba sus gastos y arreglaba su equipaje. A Dolly le pareció que no estaba tranquila, sino en aquel estado de preocupación, que tan bien conocÃa por propia experiencia, que rara vez se produce sin motivo y que en la mayorÃa de los casos indica sólo un profundo disgusto de sà mismo.
