Ana Karenina
Ana Karenina Y su semblante resplandecÃa.
–¿Algún asunto? –repitió Vronsky, clavando su mirada en los ojos de Ana Karenina–. Usted sabe muy bien que voy para estar a su lado. No puedo hacer otra cosa.
En aquel momento, el viento, como venciendo un invisible obstáculo, se precipitó contra los vagones, esparció la nieve del techo y agitó triunfalmente una plancha que habÃa logrado arrancar.
Con un aullido lúgubre, la locomotora lanzó un silbido.
La trágica belleza de la tempestad ahora le parecÃa a Ana más llena de magnificencia. Acababa de oÃr las palabras que temÃa su razón, pero que su corazón deseaba escuchar. Guardó silencio. Pero Vronsky, en el rostro de ella, leyó la lucha que sostenÃa en su interior.
–Perdone si le he dicho algo molesto –murmuró humildemente. Hablaba con respeto, pero en un tono tan resuelto y decidido que Ana en el primer momento no supo qué contestar
–Lo que usted dice no está bien –murmuró Ana, al fin– y, si es usted un caballero, lo olvidará todo, como yo hago.
–No lo olvidaré, ni podré olvidar nunca, ninguno de sus gestos, ninguna de sus palabras.