Ana Karenina
Ana Karenina –¡Basta, basta! –exclamó ella en vano, tratando inútilmente de dar a su rostro una expresión severa.
Y, cogiéndose a la fría barandilla, subió los peldaños del estribo y entró rápidamente en el coche.
Sintió la necesidad de calmarse y se detuvo un momento en la portezuela. No recordaba bien lo que habían hablado, pero comprendía que aquel momento de conversación les había aproximado el uno al otro de un modo terrible, lo que la horrorizaba y la hacía feliz a la vez.
Tras breves instantes, Ana entró en el departamento y se sentó. Su tensión nerviosa aumentaba: parecía que sus nervios iban a estallar.
No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella exaltación, en los sueños que llenaban su mente, no había nada doloroso; al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente.
Al amanecer se durmió en su butaca. Era ya de día cuando despertó. Se acercaban a San Petersburgo.
Pensó en su hijo, en su marido, en sus ocupaciones domésticas, y aquellos pensamientos la dominaron por completo.
La primera persona a quien vio al apearse del tren fue su marido.