Ana Karenina
Ana Karenina «¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos dÃas, Dios mÃo?», pensó al ver aquella figura arrogante, pero frÃa, con su sombrero redondo que parecÃa sostenerse en los salientes cartÃlagos de sus orejas.
Su esposo se acercaba a ella, mirándola atentamente con sus grandes ojos cansados, con su eterna sonrisa irónica en los labios, y esta vez la mirada inquisitiva de Alexis Alejandrovich la hizo estremecer.
¿Acaso esperaba encontrar a su marido distinto de como era en realidad? ¿O era que su conciencia le reprochaba toda la hipocresÃa, toda la falta de naturalidad que habÃa en sus relaciones conyugales? Aquella impresión dormÃa hacÃa largo tiempo en el fondo de su alma, pero sólo ahora se le aparecÃa en toda su dolorosa claridad.
–Como ves, tu enamorado esposo, tan enamorado como el primer dÃa, anhelaba verte de nuevo –dijo Karenin con su voz lenta y seca, empleando el mismo tono levemente burlón que siempre usaba al dirigirle la palabra, como para ridiculizar aquel modo de expresarse.
–¿Cómo está Sergio? –preguntó ella.
–¡Caramba, qué recompensa a mi entusiasmo amoroso! Pues está bien, muy bien…