Ana Karenina
Ana Karenina ComprendÃa, además, que si aquÃ, en su propia casa, no habÃa podido atender a sus cinco hijos, peor lo habrÃa de conseguir en otra. Ya el más pequeño habÃa experimentado las consecuencias del desorden que reinaba en la casa y habÃa enfermado por tomar el dÃa anterior un caldo mal condimentado, y poco faltó para que los otros se quedaran el dÃa antes sin comer.
SabÃa, pues, que era imposible marcharse; pero se engañaba a sà misma fingiendo que preparaba las cosas para hacerlo.
Al ver a su marido, hundió las manos en un cajón, como si buscara algo, y no se volvió para mirarle hasta que lo tuvo a su lado. Su cara, que querÃa ofrecer un aspecto severo y resuelto, denotaba sólo sufrimiento e indecisión.
–¡Dolly! –murmuró él, con voz tÃmida.
Y bajó la cabeza, encogiéndose y procurando adoptar una actitud sumisa y dolorida, pero, a pesar de todo, se le veÃa rebosante de salud y lozanÃa. Ella le miró de cabeza a pies con una rápida mirada.
«Es feliz y está contento –se dijo–. ¡Y en cambio yo! ¡Ah, esa odiosa bondad suya que tanto le alaban todos! ¡Yo le aborrezco más por ella!»
Contrajo los labios y un músculo de su mejilla derecha tembló ligeramente.
–¿Qué quiere usted? –preguntó con voz rápida y profunda, que no era la suya.