Ana Karenina
Ana Karenina –Dolly –repitió él con voz insegura–. Ana llega hoy.
–¿Y a mà qué me importa? No pienso recibirla –exclamó su mujer.
–Es necesario que la recibas, Dolly.
–¡Váyase de aquÃ, váyase! –le gritó ella, como si aquellas exclamaciones le fuesen arrancadas por un dolor fÃsico.
Oblonsky pudo haber estado tranquilo mientras pensaba en su mujer, imaginando que todo se arreglarÃa, según le dijera Mateo, en tanto que leÃa el periódico y tomaba el café. Pero al contemplar el rostro de Dolly, cansado y dolorido, al oÃr su resignado y desesperado acento, se le cortó la respiración, se le oprimió la garganta y las lágrimas afluyeron a sus ojos.
–¡Oh, Dios mÃo, Dolly, qué he hecho! –murmuró. No pudo decir más, ahogada la voz por un sollozo.
Ella cerró el armario y le miró.
–¿Qué te puedo decir, Dolly? Sólo una cosa: que me perdones… ¿No crees que los nueve años que llevamos juntos merecen que olvidemos los momentos de…
Dolly bajó la cabeza, y escuchó lo que él iba a decirle, como si ella misma le implorara que la convenciese.