Ana Karenina
Ana Karenina –¿… los momentos de ceguera? –siguió él.
E iba a continuar, pero al oÃr aquella expresión, los labios de su mujer volvieron a contraerse, como bajo el efecto de un dolor fÃsico, y de nuevo tembló el músculo de su mejilla.
–¡Váyase, váyase de aquà –gritó con voz todavÃa más estridente– y no hable de sus cegueras ni de sus villanÃas!
Y trató ella misma de salir, pero hubo de apoyarse, desfalleciente, en el respaldo de una silla. El rostro de su marido parecÃa haberse dilatado; tenÃa los labios hinchados y los ojos llenos de lágrimas.
–¡Dolly! –murmuraba, dando rienda suelta a su llanto–. Piensa en los niños… ¿Qué culpa tienen ellos?
Yo sà soy culpable y estoy dispuesto a aceptar el castigo que merezca. No encuentro palabras con qué expresar lo mal que me he portado. ¡Perdóname, Dolly!
Ella se sentó. Oblonsky oÃa su respiración, fatigosa y pesada, y se sintió invadido, por su mujer, de una infinita compasión. Dolly quiso varias veces empezar a hablar; pero no pudo. Él esperaba.